Comienza por el desierto


Tenemos una incesante recurrencia a caminar basados en nuestra lógica. Y nuestra lógica es muy frecuentemente limitada por nuestro temor al dolor que produce el esfuerzo, la paciencia, la falta de control y la confianza.
Nuestra lógica siempre tiene prisa, siempre quiere todo por el camino fácil, rápido, claro y sin riesgos.

Queremos riqueza y vamos tras los ricos intentando quedarnos con algo.

Queremos libertad y vamos queriendo atrapar a los libres.

Queremos sabiduría y vamos tras aquellos que sentimos que tienen más conocimiento intentando que nos hagan un resumen y pretendiendo con ello llegar a su nivel.

Queremos más y vamos a donde vemos que hay más.

Sin embargo la lógica de Dios es totalmente opuesta; lo podemos ver en la creación, donde si quieres tener una bella flor, lo peor que puedes hacer es cortarla, la única manera de que la poseyeras y admires por mucho tiempo, es cuidando la raíz.

Donde incluso nuestra vida se gesta en la soledad del útero, en el secreto y la penumbra.

Los sabios de todos los tiempos han hablado de la riqueza que existe únicamente en el vacío.

Obviamente, si miramos a Jesús, encontraremos algo muy similar; cuando Jesús quiere iniciar un gran ministerio, en vez de ir a Jerusalén, donde todo es una manifestación de la religiosidad popular de su época, Él se dirige, en primer lugar, un buen tiempo al desierto, a la nada, al vacío.

Y es que cuando vamos tras la riqueza de otros sólo tendremos algunos granos que nos controlan el hambre, que nos mantienen entretenidos e incluso distraídos de lo verdaderamente fundamental.

La clave consiste en vaciarnos primero de todas las aspiraciones que venimos arrastrando, a veces inconscientemente, puestas por otros, ni siquiera legítimamente nuestras.

Cuando logramos despojarnos de todo ello, en esa nada, empieza a surgir la vida.

Vemos el desierto como un lugar inerte, pero en realidad es un lugar de aprendizaje en donde conseguimos descubrir de dónde procede la verdadera fecundidad, nuestra fecundidad y riqueza personal, única y propia que Dios quiere que tengamos y compartamos.

¿Sientes soledad? ¿Sientes sed? ¿Te sientes cansado y agobiado? ¿Hambriento? ¿Con grandes dudas en tu cabeza y confusión en tu corazón? Eso puede ser un desierto, en medio de la enfermedad, de problemas económicos, de falta de sentido, crisis en las relaciones, “fracasos” en distintas áreas de tu vida. Ten calma, no huyas, no te resistas, amistate con Dios y vence; florece.

Si no estás ahí vayamos sin miedo al desierto, si floreces desde ahí, cualquier clima (situación) será pan comido, saldrás victorioso en cada ocasión!

Te diría que ahí nos encontramos, pero al desierto se va solo, así que ánimo.

Dios contigo.

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